Semana
01
David Fueyo

MyHotDate

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Relato
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Acompañar a aquel grupo de adolescentes en las últimas etapas del camino de Santiago no era algo especialmente emocionante para Luis. En realidad hacía mucho tiempo que nada era realmente apasionante para él. Casado hace mucho tiempo, calvo hace mucho tiempo también se puede decir que su vida era del todo normal. Pasar desapercibido siempre fue su objetivo hasta en el vestir. Camisa bajo el jersey de punto gris, tonos oscuros, apagados. Bigote anticuado.Varon Dandy y a veces Brummel, por cambiar, por tener ese puntito rompedor.

Nuestro protagonista era un marido más bien ausente, un buen y silencioso compañero para ver la televisión. También era padre de dos auténticos campeones: el chaval del Leage of Legends, juego de moda entre la chavalería. El pollo en sí era eso que llaman un niño rata que no dudaba en tirar de PayPal pagando a algún pobre indonesio para que le pase pantallas.  La chica, su princesa aún a día de hoy posee algún que otro record de instituto de dudoso honorable valor, pero eso es otra historia que quizás en otro momento sea pertinente contar.

Estábamos con Luis, y Luis con Dios, mejor dicho, como intermediario de Dios para impatir la catequesis. En realidad Luis no había sido elegido directamente por el Supremo Hacedor para su catecismo, sino por el cura del barrio al que le comentó una vez, por decir algo,  —craso error— que en su infancia había estado interno en los Escolapios. —Un hombre recto y de buena moral como usted hace falta aquí echando una mano—, le dijo el sacerdote. —Querido Luis, tú sabrás mostrarles el camino hacia el Señor—. Y Luis, pusilánime como es, no supo decir que no.

Y allí estaba, en el Monte do Gozo, desde donde había querido enseñar a aquellos chavales la tan deseada ciudad de Santiago, a media legua de distancia. Nuestro hombre esperaba que la sana juventud que pastoreaba al ver la imponente torre barroca compostelana cayera de rodillas y comenzase a llorar de alegría y a cantar el Te Deum emocionados por estar ya al lado del Santo Patrón. Pero no, lo único que pudo ver cuando dejó de otear el Santo Lugar fue a un grupo de adolescentes mirando hacia su teléfono móvil y moviendo compulsivamente sus pulgares diciendo nada a nadie con sus frases de vapor extraídas de la delicada poesía escuchada en alguna estrofa de reguetón. En fin.

 

Tras la cena Luis, hombre de costumbres sencillas y muy previsibles, decidió salir a pasear por los alrededores del albergue en el cual se hospedaban. Quería embeberse de un lugar mágico por donde miles de peregrinos con sus propios laberintos espirituales pasaron antes que él. Decidió dejar su teléfono móvil sobre la mesa del comedor, ya que no necesitaría la tecnología para encontrarse con las estrellas que señalaban el fin del camino, el lugar donde el Apostol tendría que descansar; y sobre ese móvil depositado encima de la mesa el mismo diablo movió su rabo y tres chiquillos malhablados y desvergonzados comprobaron que el aparato, una auténtica antigualla tecnológica, no poseía patrón de desbloqueo y los cuatro, el diablo y ellos tres, decidieron instalar en su teléfono una aplicación pornográfica que saltaría en cuanto abriese el navegador.

MyHotDate se llamaba la maldita, la cual colmaba las más oscuras fantasías de un adolescente pajero. Una chica picaba en la puerta de una habitación de hotel. El mismo cámara le abría y le daba paso, ella entraba y se presentaba, al principio de manera natural, para luego pasar a una conversación más forzada centrada en el sexo. Juntos hablaban unos diez minutos más o menos y luego comenzaba la acción. Una y otra vez, siempre igual. Una chica cada dos o tres días y un protagonista masculino al cual solo se le conocían sus partes íntimas, ya que siempre quedaba en un segundo plano tras la cámara. La vida misma, vamos.

—Jajaja, ya verás cuando el Caraculo abra su móvil, jajaja, a él sí que se le va a poner la torre barroca, jajaja—-, y así sin más el diablo y los demás se fueron a la habitación a fumar y a beber una botella de licor melocotón que los avispados escondían en la maleta, que estos viajes no son solo recogimiento y oración, que también hay que pasárselo bien, joder.

 

No era hombre muy tecnológico Luis, pero al llegar al comedor recogió el teléfono y fue a su habitación dispuesto a descansar. Con el viaje no había podido leer su periódico habitual y abrió el navegador dispuesto a embeberse de la mala ostia general de su gaceta de derecha moderada. Al posar su pulgar sobre el círculo tricolor del navegador MyHotDate se activó y apareció ella. Ella no, Ella, Olivia. Unos veinte años. Rubia. Ojos azules. Explosiva. —Hi!, I´m Olivia from Seattle— y el mundo que Luis había conocido hasta el momento, eso que solo los estúpidos llaman  pasado, simplemente se derrumbó.

Publicado la semana 1. 06/01/2018
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María Ostiz, Alabaré a mi señor , La vida misma, Catecistas , En cualquier momento , Compostela, Viaje, Porno, Olivia Austin, Amor
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