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Debería fregar los platos. Las dos pilas están hasta arriba de platos,  vasos, tazas y copas, sartenes, cazos y ollas en extraños equilibrios, por no hablar de la cubertería y otros utensilios. No queda sitio ni en la encimera para una cucharilla más. La falta de platos no es un problema cuando puedo comer directamente del cazo o la sartén. Al menos tendré que darle un agua a un cuchillo y ver que puedo meter en el horno. No, no puedo usar el horno,  el fondo está lleno de aceite del último accidente culinario. La cocina se llenaría de humo, y lo mismo hasta prende… Tendré que reutilizar la sartén que está de revolver los últimos huevos: los huevos lo limpian todo y me ahorran el fregar los platos.

Debería salir a comprar comida. Aunque, además de los huevos, todavía queda algún resto de queso aprovechable y si quito bien la parte pocha de las berenjenas hasta podría montar algo caliente. Lo bueno de levantarme tan tarde es que me ahorro tener que pensar en el desayuno. Aún debe de quedar algo de pasta o arroz que hervir, quizás lo suficiente para pasar el día completo sin tener que salir a comprar comida.

Debería ducharme. El pelo se me va a convertir en una gran rasta de tanto rascárme la cabeza. Y sí, huelo mal. Huelo yo, huele el pijama, la cama, el dormitorio y todo el piso. Por momentos me acostumbro a mi propio olor y hasta no me disgusta, pero con algún movimiento se escapa alguna vaharada que me avergonzaría en frente de cualquiera. Al menos no hay nadie a quien avergonzar y no parece que vaya a salir a la calle, de todos modos creo que no tengo ropa interior limpia que ponerme tras ducharme.

Debería poner una lavadora. El cesto de la ropa interior rebosa calzoncillos sucios y el montón con el resto de prendas no es muy grande pero ahí está. Debería cambiar también las sábanas aunque sea por variar el color de la cama. Aunque en realidad apenas me visto con cualquier pijama o camiseta larga o algún chándal, y en caso de necesitar algo más está el montón de la plancha con ropa limpia de sobra como para  poner una lavadora.

Debería planchar la ropa. Al menos con la que pretenda vestirme. Pero lo primero que debería hacer es poner un poco de orden en el momtón donde se acumulan jerseys finos, gordos y de cuello alto;  camisas,  camisetas frikis de verano e incluso alguna sin mangas; pantalones vaqueros, pantalones de paño con bermudas y pantalones cortos de mil bolsillos, incluso algún pirata de esos que pareces que vas a coger coquinas a la playa. También hay unas toallas y algún juego de sábanas, de hecho los dos que tengo aparte del que está puesto en la cama. El montón no crece y apenas mengua cuando rebusco alguna camiseta pijamera que huele al polvo que empieza a acumular el montón de ropa, como la tabla de planchar, como el suelo. Hay tanta mugre que sólo conseguiría ensuciar lo que ya esta limpio, así que me olvido de planchar la ropa.

Debería limpiar el polvo y barrer el piso. Sobre los muebles, los libros de las estanterías, hasta el fino marco de la tele, se acumula una capa blanca de polvo con la que podría hacer un muñeco de nieve. Con las pelusas, que ya no se esconden bajo la mesa o el sofá, que ya no murmullan por las esquinas sino que han tomado el pasillo y campan a sus anchas por el resto del parquet, podría tejer un edredón mullido. Y con ambos: muñeco de nieve y edredón mullido, jugar a que el invierno es mi compañero de piso, un compañero cabrón que no hace compañía y sólo acumula platos sucios. Tampoco no es necesario jugar ni fingir, él ya vive aquí dentro y se ríe sólo con pensar en verme limpiar el polvo y barrer el piso.

Publicado la semana 1. 05/01/2018
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Godspeed You! Black Emperor
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