Semana
05
Género
Relato
Ranking
0 31 0

En el centro de la habitación había un busto sobre una columna griega. Un busto totalmente blanco, sin rasgos, con la cabeza llena de cuchillas de afeitar y los ojos de aceituna. Era lo único que había en la habitación. No habían ni ventanas, ni puertas. Estaba forrada de una moqueta muy peluda de color lila que amortiguaba cualquier sonido. No oía mis pasos, y eso me hacía dudar. Dudar de todo, pero sobre todo de mí. ¿Pistachos? ¿Cáscaras? ¿Una sartén? ¿Sonrisas? ¿Besos? ¿Me llamo Ulises? ¿Padres? ¿Luz?. A cualquier cosa existente le correspondían signos de interrogación a cada lado. Y la respuesta siempre venía de lejos, jugueteando, haciéndome sufrir porque en el horizonte podría ser cualquier respuesta, pero cuando se me posaba en la cara siempre era la misma: NO. Un espejo apareció frente a mí. Era un regalo tortuoso para confirmarme que esto me había tocado vivirlo a mí y no a otro. No hubiera seguido dudando de no ser porque el tipo que había ahí dentro levantaba el brazo derecho cuando yo levantaba el izquierdo. Una cortina me envolvió. Un pasillo estrecho, hecho a medida, totalmente blanco, me llevo de un lado a otro, cortándome los codos con las esquinas cada vez más afiladas en cada curva. Habían surgido de la nada. De la conjunción de una nada totalmente recta y de otra igual había nacido la peor de las desdichas humanas. Las esquinas. Construidas de distintas medidas, de distintos colores, de distintos sonidos, siempre inodoras para que ni las huelas venir y cuando menos te lo esperaras ya estaban instaladas en tu mente. Querías quitarlas pero ya estaban demasiado afiladas. Un mono azul lleno de pintura en una silla me dio la bienvenida. Era un buffet libre de cáscaras de plátano, totalmente gratis. Las ganancias se destinarían a niños pobres. Un bebé viejo, con la barba perfilada, me pidió el cargador del móvil. Iba de habitación a habitación. Cada cual más acorde con cada una de todas las enfermedades que puede albergar un cuerpo humano. 9 días a la semana. Esa afirmación se metió en lo más hondo de mi infraestructura mental. Algo me extraño. Creía poder recordar algo, como si ese número no cuadrara con esa palabra, pero no pude. El calendario se hacía cada vez más presente en cada una de las habitaciones. Calendario. Trampantojo mental que te mantiene con ilusión hasta que llega el día que luego se va en segundos para volver a esperarlo durante toda tu vida. Dos palomas en el suelo. Parecía que se querían. Las dos palomas en el suelo. Escachadas. Un mosaico que antes estaba vivo, ahora era un mosaico de plumas y sangre. Un hombre sin manos ni pies se arrastra hasta él y lo chupa. Parecían quererse. Vomito. Vomito durante horas. Intento tragar a la vez que vomito. Instintivamente sé que ese vomito es mi alimento, mi sustento en esta casa sin paredes. Tiene un sabor horrible. Pero me gusta. Me siento en una silla. Un abanico me airea y el alivio que siento es un cuidado paliativo hecho por una madre que sabes que se quedará tranquila cuando te vayas del todo. Miro el vomito y ya no está. Dudo. Creo que llevo horas vomitando. Pero ahora no se. Aparece el espejo. Le pego 33 puñetazos y se convierte en un chupete. M lo meto en la boca y el ansia infantil me recorre el pecho y lo muerdo. La boca se me llena de cristales ardientes. Los escupo. Uno a uno se arrastran para abrazarse y veo mi rostro desfigurado que me devuelve los 33 puñetazos con intereses. Algo me susurra al oído. Por lo visto, aquel tipo que lamió a las palomas era Jesus Cristo. El doble de acción de Jesucristo. Amaba de verdad a aquellas palomas. Los fieles lo pincharon con las lanzas de los romanos cuando estaba en la cruz para llenar garrafas y garrafas enteras con su sangre, emborracharse con ella y luego de paso venderla. Lo arrancaron de la cruz para salvarlo, dejando las manos y los pies clavados. Se suben a la cruz para sacarse fotos y cogen sus manos para bendecir al incrédulo y sus pies para satisfacer al fetichista. Desde entonces vaga por todos lados arrastrándose, lamiendo cualquier animal atropellado en la carretera, buscando al verdadero Jesucristo porque no le advirtió de que esta escena sería tan peligrosa. Pero no le han dicho que el que escribió el guión y produjo todo aquello fue su padre, y que él  es el verdadero Jesucristo. Y la casa entera lo sabe. Se escuchan risitas tras las cortinas cada vez que pasa por al lado y cuando las levanta solo ve de nuevo la misma cortina y así sucesivamente. La creación de un ojo. Que misterio tan divino y bello como para que exista la pornografía. Un hombre mayor con un cartel colgado que dice: "Nací cadáver, ¿qué puedo hacer?". Me siento a su lado y me pellizco. No siento nada. Y aún así dudo. Es todo tan parecido al otro lado. Una lluvia de relojes despejan el tablero del suelo y los monederos hechos con uñas y pelo se prenden fuego dejando visibles los granos de un corazón que hace tiempo que no palpita y aún así se empeñan en operar. Me siento y pienso. La anestesia no hizo efecto, y busco el papel higiénico para sonarme la sangre de los ojos y las lágrimas del pelo.

Publicado la semana 5. 30/01/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter