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07
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DESPRECIO


Bern era el primero en llegar a la oficina. Se ocupaba de subir todas las persianas y acercar las plantas para que pudieran disfrutar de esos minutos de sol y tranquilidad. Comprobaba el estado de humedad de cada una de ellas y regaba con meticulosidad aquellas que lo necesitaban. Esta tarea cotidiana le llevaba unos veinte minutos.
Cuando el resto de empleados entraban, lo encontraban ya en su mesa, con una cafetera recién hecha y con la mejor de sus sonrisas. Los domingos por la tarde en que se animaba, incluso preparaba un bizcocho de canela, con la receta de su madre, para llevarlo el lunes a la oficina y obsequiar a sus compañeros.
Mientras tomaban ese primer café, todos comentaban el fin de semana. Bern se divertía escuchándolos, aunque a él nunca le preguntaban cómo lo había pasado. Simplemente, se limitaban a pedirle que pasara el azúcar o la leche en polvo que guardaban en el armarito del office, y que él se encargaba religiosamente de reponer cuando iba quedando poco.
De vez en cuando le gastaban bromas sobre su afición al aeromodelismo. A él no le resultaban graciosos ni los comentarios, ni su afición, que le parecía de lo más normal. Pero ellos eran así, y Bern lo llevaba con resignación.
Ya metidos en el fragor de la jornada laboral, no dudaban en pedirle consejo sobre cómo redactar este o aquel informe. Bern tenía una redacción intachable: concisa, coherente y con una puntuación impecable. A él no le molestaba, aunque había días en que le quitaba mucho tiempo. Pero ante todo eran sus compañeros, y sentía que debía ayudarles en lo que pudiera.
Sabía que algunos viernes quedaban para salir a cenar juntos. Llevaban a sus parejas, y pasaban la velada poniendo verde al jefe y hablando de otras tonterías. Al lunes siguiente lo rememoraban muertos de risa. A Bern nunca le habían invitado, pero no le importaba. Estaba deseando llegar a casa, hacer el pedido de los víveres de la semana por internet, ponerse cómodo y terminar el último modelo de la maqueta en la que estuviera trabajando. Y esto lo absorbía por completo.
En la mesa de cada uno de ellos solía haber una fotografía de una mujer que les miraba sonriente y cariñosa, y algunas con un niño en brazos. Bern también tenía su foto: la de su madre que también parecía observarle con ternura. Se llamaba Aurora, aunque nunca nadie le había preguntado por su nombre. Él sí sabía todos los nombres de las parejas e hijos de sus compañeros, y a menudo se interesaba por su salud.
La mañana en que Bern encontró la fotografía de su madre pintada con un rotulador indeleble, ridiculizada con un bigote y unas cejas negras, una súbita furia lo invadió. Percibió las miradas burlonas y cobardes de los otros. Preguntó quién había sido el canalla. Nadie respondió, sino que simularon ponerse a arreglar los papeles de su mesa. Aquel día Bern no tomó café con ellos.
Al llegar a casa, entró en internet e hizo un pedido. Lo recibió a los tres días. Nervioso y expectante, deshizo el paquete y comprobó su contenido minuciosamente, como solamente sabía hacer las cosas.
Al día siguiente, como de costumbre, llegó muy temprano a la oficina. Subió las persianas, regó las plantas, preparó el café y esperó a que llegasen los demás. Eso sí, teniendo buen cuidado en que no se le viera el revólver que guardaba en el bolsillo.

Publicado la semana 7. 13/02/2018
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