Semana
04
Auristóteles

El Temporal

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Relato
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En mala mar se debe gobernar a mano. El piloto automático no tiene la capacidad de gobernar cada ola de forma independiente, que es como se gobierna un barco en medio de un temporal. Efectivamente tienes que ir lo mas ajustado a tu rumbo que la mar te permita, pero tienes que gobernar cada ola como si no existiera nada más en este mundo, porque si no lo haces, no habrá nada más para ti en este mundo.

Aquel temporal no era diferente. Había ido creciendo el tamaño de las olas hasta convertirse en auténticos muros para un barco de ese tamaño. Un mercante no se habría inmutado, pero para un velero de doce metros, las olas, de ya cuatro o cinco metros, eran lo suficientemente grandes como para que todos estuvieran pendientes, algunos preocupados y él muy asustado. 

El hecho de estar tan cerca de la costa, que en un principio le daba cierta seguridad, ahora, después de escuchar como esto disminuía el margen de maniobra de la embarcación y entendiendo que con una mar de esta envergadura no había posibilidad de alcanzar la costa a nado sin que las olas te destrozasen contra las rocas, le hacía temblar todo el cuerpo. Para un novato en estas lides, la idea de que uno se encuentra más seguro lejos de la costa es dificil de asimilar, pero cuando estás lo suficientemente cerca como para ver como estallan las olas al chocar contra la costa, al oir el estruendo y sentir la fuerza, la cantidad de energía que cada ola lleva en su interior y que, llegado el caso, sería más que suficiente para destrozar el barco; cuando ya entiendes por ti mismo que la costa no es la salvación, entonces tienes que convencerte de que el mar abierto es la mejor opción. No es fácil, para un "terricola" no es nada fácil, llegar a creerlo realmente. 

Él llevaba ya trece horas en cubierta, al principio se mareaba si bajaba al interior para intentar comer algo, o descansar, o ir al baño; hacía ya muchas horas que el problema no era el marearse, el problema era el miedo. Había decidido mearse encima  y lo había hecho ya varias veces, porque por nada del mundo volvería al interior hasta que aquello no se calmase. 

Ese era su asidero, que aquello se iba a calmar. Todos lo tenían claro, se lo habían repetido ya demasiadas veces, la mar acaba calmándose. Siempre antes se había calmado, y esta vez iba a ser igual, empezaría a aflojar el viento, las olas comenzarían a alargarse, y poco a poco iría disminuyendo su tamaño. Una ola más larga es más facil de navegar, no desaparece el mar después de la cresta, sino que desciende suavemente hacia la siguiente. Pero por ahora las olas seguían siendo terroríficamente verticales. A veces pensaba que esa ya no la conseguirían remontar, y al hacerlo el barco quedaba suspendido en el aire hasta que las veinte toneladas se desplomaban hecia el abismo, y al impactar de nuevo con el agua, él pensaba que el barco esa vez no resistiría, que esa vez el casco se partiría irremediablemente y comenzarían a embarcar agua de manera incontrolable, y sería el fin. Pero no, esa vez, en esa ola, tampoco sucedió lo peor, y entonces comenzaba el ciclo, volvían a subir por la siguiente, todo esto muy pendiente el timonel de gobernar de forma que la fuerza, el empuje de la ola no girara el barco y lo cruzara a la mar, porque eso sí que se lo habían dejado claro, en esa situación el barco zozobraría y eso sería el fin de la aventura. 

Poco a poco, ola a ola, él se iba aostumbrando a la situación. Su mente, en lugar de pensar en las opciones de catástrofe, comenzaba a pensar de forma más técnica, a enfocarse en como afrontar cada ola, fijándose en la pericia del timonel para gobernar tanto al subirlas como al bajarlas, Llegó un momento en que incluso pensaba que él mismo podria llevar el timón, y notó que se había tranquilizado. Estaba tenso, por supuesto; todos lo estaban, pero ya no tenía miedo. Seguía queriendo que aquello calmase, pero ya no lo vivía como un drama.  

Alguien subió bocadillos a cubierta, y de forma natural aceptó comerse él también uno. Se dió cuenta de que unas horas antes no hubiera podido comerlo. Y, con un cierto orgullo interior, pensó que empezaba a ser, él también, un marino.

 

Publicado la semana 4. 28/01/2018
Etiquetas
La mar
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