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El corazón de Berta

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Llegué a aquella casa con la escueta carta estrujada entre mis dedos. Esa había sido toda mi parte en la herencia de la tía Berta: “Nuestro rincón. Izquierda, arriba, arriba, derecha, abajo, derecha, arriba”. La primera parte era sencilla, no tenía duda al respecto, pero la segunda no era más que una incomprensible sucesión de indicaciones, que ni siquiera sabía a qué se referían.

Pero, por alguna razón, la tía Berta había querido que, tras su muerte, volviera a su casa. Berta Manzanares, hija única de un matrimonio de productivos emigrantes, había vivido siempre en aquella solitaria mansión, en las profundidades del pirineo aragonés. Todo el mundo decía de ella que no era más que otra rica, que disfrutaba como quería dilapidando la fortuna dejada por sus padres, pero ella siempre me decía que en realidad era una exploradora. De pequeño me encantaba venir a visitarla porque, en cuanto el resto de la familia dejaba de prestarnos atención, subíamos a nuestro rincón secreto, donde el tiempo pasaba mientras ella me relataba las más increíbles historias, alucinantes viajes por lejanos mundos, en los que ella siempre era la protagonista.

Los demás decían que no eran más que delirios suyos, pero yo la creía. Nadie podía tener tanta imaginación. Sin embargo, mi madurez adquirida y el precoz Alzheimer que le diagnosticaron a los cincuenta años, terminaron por darles la razón. Ahora, estaba de nuevo en aquella casa, a la que no había vuelto en los últimos veinte años. Cientos de recuerdos me asaltaban mientras avanzaba por el jardín nevado, ascendía las escaleras de chirriante madera y me dirigía a aquella habitación, de paredes ahora enmohecidas. Empujé la librería vacía, siguiendo el trazo de los surcos sobre el parqué, y sentí cómo el hedor a encierro me abofeteaba.

Ante mí, se abrió un hueco en la pared, mucho más pequeño de lo que recordaba. Me encogí para atravesarlo y acceder a un pequeño anexo a la habitación, una especie de trastero sin ventanas. Proyecté el flash del móvil hacia el frente y descubrí, en el centro de aquel reducido espacio, todo un santuario de mi niñez, un objeto resplandeciente. Me agaché y lo recogí, sosteniéndolo sobre la palma de la mano para observarlo.

Lo conocía, o al menos eso creía recordar, pues su nombre se resistía a volver a mi mente. Del tamaño de una pelota de golf, se trataba de una piedra de formas irregulares, burda en apariencia aunque me constaba que había sido trabajada. Su superficie, roja como la sangre, relucía bajo el haz del led, proyectando infinidad de destellos sobre las paredes a mi alrededor, como si de llamas se tratara.

Eso era: el Corazón del Fuego. Se trataba de la piedra emergida del volcán Thurnn, en la región de Dluan-sïr. La tía Berta me había contado que los indígenas lo habían encontrado flotando, en medio de aquel infierno, sin un solo rasguño. Se lo habían llevado a su jefe, que lo había ordenado tallar para incrustarlo en su corona de oro. Sorprendentemente, el reinado de este había durado muchas más décadas de lo habitual, hecho que habían atribuido a los mágicos poderes de aquella piedra.

Sujetándola entre mis manos, no parecía más que una piedra corriente, ni siquiera de mucho valor a pesar de tratarse de un rubí. Decidí que no era más que eso, que los supuestos poderes seguían siendo solo un adorno de la historia, pero, aún así, lo intenté. Entre susurros, recité la secuencia que me había aprendido por el camino: Izquierda, arriba, arriba, derecha, abajo, derecha, arriba. Nada ocurrió, como cabía esperar.

Sin dejar de sentir cierta decepción injustificada, abandoné nuestro escondite, decidido a dejar atrás aquellos recuerdos de infancia. Guardé la piedra en el bolsillo, pues quería conservarla como recuerdo, y me dirigí hacia las escaleras. Tenía que regresar a la vida real, donde había dejado apartados varios negocios en Madrid para hacer aquel viaje, que ahora llegaba a su infructífero fin.

Justo antes de cruzar la puerta de entrada para salir al frío exterior, sentí una vibración en el pantalón. Seguro de que se trataría de Rosa, mi secretaria, reclamando que volviera lo antes posible para ocuparme de mis asuntos, saqué el móvil y lo contemplé, sorprendido. La pantalla permanecía apagada. En realidad, no estaba recibiendo ninguna llamada.

En ese momento, volví a sentir la misma vibración. Esta vez, la localicé en el bolsillo contrario, en la pierna derecha. Metí la mano y extraje la piedra, que vibraba con fuerza entre mis dedos y parecía pesar más que antes. Por un descuido, se me resbaló entre los dedos. Temiendo que se fuera a partir en pedazos, traté de frenar su precipitada trayectoria pero, para mi sorpresa, la joya se deslizó por el aire hacia el frente, aterrizando suavemente sobre el trazado de plaquetas blanquinegras del suelo, semejante a un gigantesco tablero de ajedrez.

Sin comprender realmente lo que estaba ocurriendo, me lancé a seguirla por el pasillo, girando para atravesar el salón y acceder finalmente a la biblioteca. Allí se detuvo, en el centro de la estancia, sobre una de las casillas blancas. Comenzó a brillar con fuerza, con una luz ligeramente palpitante, como si realmente se tratara de un corazón. Me agaché y la sujeté. Traté de tirar de ella hacia arriba, pero parecía estar anclada a la plaqueta.

Aquella última línea volvió entonces a mi mente. Giré la muñeca hacia la izquierda y la gema respondió, incrementando su brillo y deslizándose a la par hacia la sección negra del mismo lado. El palpitar en mi pecho se aceleró, guiado por la súbita emoción, hasta alcanzar el ritmo marcado por los destellos del rubí. Lo empujé hacia el frente y tampoco ofreció resistencia. Ocupó otra pieza blanca, y luego una negra, más allá. La hice girar hacia la derecha y tiré de ella hacia mí, hacia abajo. Cada vez, el palpitar de la luz y la vibración eran más intensos. Casi podía sentir la sangre circulando por aquel diminuto corazón de piedra.

Por último, volví a empujarla hacia la derecha y hacia el frente. Nos detuvimos, mi vista y el rubí, sobre una pieza negra, a escasos centímetros de la primera. No parecía que nada ocurriese, pero estaba seguro de que había completado la secuencia. Abandoné la piedra y me puse en pie. Sentí de pronto cómo el suelo temblaba bajo mis pies. Una sección de unas cuarenta por veinte piezas comenzó a deslizarse hacia el frente, como una sierpe aplastada, reptando por la pared hasta trazar la silueta de un rectángulo vertical.

Di un paso atrás, sorprendido, en el momento en que estas se fundieron en la pared, creando un oscuro agujero. Guiado por el espíritu aventurero que en algún momento de la infancia me había inculcado la tía Berta, y que había permanecido en letargo hasta ese momento, extendí una mano y atravesé lo que debería ser la pared. En lugar de esta, encontré una suerte de membrana acuosa, y sin embargo en absoluto pringosa. Un cosquilleo recorrió mi piel al atravesarla, pero también sentí una extraña sensación de bienestar. Atraído por este descubrimiento, tomé aire y me lancé a atravesarla por completo.

Aterricé sobre un campo de hierba fresca. A mi alrededor, lo que parecía el cántico de un grupo de pájaros, se detuvo ante mi presencia. No tenía ni idea de qué lugar podía ser ese, pero deduje que difícilmente podría encontrar en el suelo la respuesta. Me puse en pie y oteé el horizonte de aquel desconcertante paisaje, a la luz del atardecer.

Al fondo, contra el sol poniente, se recortaba la inconfundible silueta del Thurnn

Publicado la semana 1. 05/01/2018
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