Semana
03
antoniadis9

No era el día

Género
Relato
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El sonido de la guitarra acústica aportaba al local cierto grado de misticismo. Por lo demás, podía pasar por uno de esos tantos sitios en los que encaja una copa más que una charla, y una pelea más que un poema. Cruzar el dintel de la vieja puerta de roble ya era una pequeña aventura. Nada podía descartarse. 

Le venía buscando hace algún tiempo. Como siempre, por encargo. No soy de meterme en vidas ajenas, no me guío por razones generosas. Simplemente es mi trabajo, y lo respeto. Me soplaron -previo pago-, que se le había visto por la zona. En su tiempo, se pensó que tenía un lío con Belinda, la atractiva camarera puertorriqueña, pero hoy día, ni él era el hombre malo que dominaba los arrabales, ni ella estaba para amores adolescentes. Y aún así, había que comprobarlo.

Me entretuve paladeando uno de esos licores que nunca tendrán marca ni etiqueta. Solo a efectos de cata, claro está. Y entre trago y trago, valoré la fauna presente. Descarté riesgos evidentes. Dos o tres parroquianos, bien pasados los sesenta, faltos de luces y sobrados de kilos, que no parecían ser amenaza. Una pareja, probablemente amantes, a tenor de los arrumacos y besos que se regalaban sin tregua. Un veinteañero sin oficio ni beneficio, que observaba la copa buscando alguna respuesta.

Sin duda, era prescindible, aunque desconozco las razones exactas. A buen seguro, mala gente, o como decía mi maestro, "un individuo pasa a ser considerado un malvado, cuando deja de respetar la capacidad de un semejante de escribir su propio destino". Y él, desde luego, truncó unos cuantos destinos. Con un estilo muy personal. Su firma. Captura, brida y malecón. Rápido, limpio y preciso. Quizá se anticipó a la moda del ADN, bromeé conmigo mismo.

Cuando entró, me costó reconocerle. Castigado por la vida, perseguido por los años. Tenía marcada la sombra de los barrotes, o eso me pareció. Se dirigió a la barra, pidió una cerveza y, contra pronóstico, la vertió cuidadosamente en el vaso, con la inclinación adecuada para generar una fina capa de espuma, que le tiñó levemente las comisuras de los labios. No se limpió. Ya lo hizo ella. Con una ternura impensable en su oficio, en su edad y en su trayectoria de vida. El correspondió, acarició el dorso de su mano y colocó su cabeza en el nacimiento de sus pechos, quizá implorando clemencia a aquellas madonnas de Leonardo. Derrotado, hastiado, impregnado de las maldades vividas, qué se yo.

Dejé mi licor en la mesa, busqué a tientas la cinturilla trasera del pantalón, para comprobar que no me dejaba nada. Allí estaba el hierro, en su sitio, presto para lo que se le requiriese. Lo palpé de nuevo, tal vez para confirmarlo, tal vez para aplacarlo. Me acerqué a la barra, giré mi cuerpo hacia ellos y liberé los faldones de mi americana de lino. Bajé la mano hacia la cintura y, en décimas de segundo, elegí uno de los bolsillos. Encontré unas monedas, las arrojé despacio hacia ella, recibí su sonrisa, y enfilé hacia la puerta. Ni era él, ni era hoy.

Publicado la semana 3. 16/01/2018
Etiquetas
Chet Baker , La noche , Noches de tormenta, de madrugada... , La muerte no es el final
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