Semana
29
Pablo Amor

Francia (1)

Género
No ficción
Ranking
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Cabe preguntarse qué imagen tendríamos de Francia si no existiera la Torre Eiffel.

Mi primera imagen del país vecino sería, desde luego, muy diferente.

Tenía nueve años cuando comprendí que Francia era otro país, distinto a aquel en el que yo vivía (España, para más señas). Sucedió al ver por televisión el videoclip de la canción "A View to a Kill", de los ingleses Duran Duran, para la película de James Bond del mismo título, con Roger Moore en la piel del afamado agente secreto por séptima y última vez.

O tal vez la bombilla se me encendiera al catar alguna que otra escena de la rocambolesca persecución de Moore escaleras arriba y ascensor abajo de la torre Eiffel. En aquella época había un programa de cine en "la primera" cuyo nombre no recuerdo pero cuya cortinilla era un hermoso collage de grandes escenas de la historia del cine –incluída la explosión de la barcaza de Jabba the Hutt en El retorno del jedi- bajo los compases del famoso tema central de la banda sonora de Lo que el viento se llevó. En la escena en cuestión, 007-Moore persigue a un asesino encapuchado –un guiño a otro de los emblemas franceses por excelencia, Fantômas, travestido para la ocasión en mujer andrógina de color y bellos rasgos de ascendencia jamaicana, Grace Jones, signo de los tiempos mestizos de una nueva sociedad francesa aún no reconocida en sí misma por aquel entonces.

O tal vez el momento eureka se habría producido al contemplar el anuncio de un nuevo modelo de Renault 11, el mismo que el agente secreto deja para el desguace en la parte final de la citada persecución, cuando ya ha salido de la torre Eiffel. El taxi pertenece –en la ficción, no sabemos si también en la realidad– a un vulgar taxista/extra que aguarda su turno en la zona de Trocadéro, embutido en una chaqueta de cuero progre, sorbiendo lo que parece un vaso de vino tinto y leyendo una copia de Le Figarò del día. Toda una caricatura tipista. Dudo de que el hombre siga ejerciendo como taxista más de 30 años después; eso sería un fracaso para el estado social francés. Aunque también dudo de que, si la escena se rodase de nuevo hoy en día -con Daniel Craig, por supuesto-, a 007 le fuera tan sencillo hacerse con un taxi para continuar la persecución; es bastante probable que tuviera que llamar a un Uber aprovechando el descenso del ascensor de la torre Eiffel, y desde luego solicitar el servicio con un comando de voz. Más fácil, tal vez; pero desde luego menos divertido que empujar a alguien fuera de su coche.

Cualquiera que fuera la fuente de mi iluminación sobre la existencia del estado-nación francés, hacia 1985 yo ya conocía de sobra al personaje de James Bond, claro. En casa habíamos alquilado, del videoclub de Galerías Preciados, alguna de sus aventuras anteriores. La primera -y por ello, en la memoria, para siempre la mejor- fue La espía que me amó, con su mezcla perfecta de aventura, exotismo -las escenas más inspiradas suceden en El Cairo y en Luxor-, humor -el personaje de Tiburón es de antología- y una canción memorable, "Nobody does it better", interpretada a placer por Carly Simon estableciendo un nuevo canon/récord de canción de película de James Bond en la estela del "Goldfinger" de Shirley Bassey, que sólo volvería a ser igualado más de 25 años después por la también memorable "Skyfall" de ADELE. Pero en fin, lo que quiero decir es que yo ya me había dado cuenta de que uno de los ingredientes fundamentales de la saga era que en cada película James Bond se viera obligado a recorrer el mundo, visitando países diferentes, a cual más exótico, sin ton ni son.

¿Era exótico Francia? Tal vez no en principio... excepto si la trama incluía la torre Eiffel, como ya había demostrado –aunque yo esto no lo supe hasta más tarde, durante un nuevo visionado y sabiendo ya muy bien lo que era Francia y cuán fotogénico su monumento más conocido podía resultar– Richard Donner en la muy notable Superman II cinco años antes.

Antes de Panorama para matar, mis otras dos referencias de 'lo francés' habían sido deportiva y literaria, respectivamente. La primera, la deportiva, había surgido en un plano puramente competitivo, el clásico 'ellos y nosotros', sin referencia cultural alguna, Francia definida tan sólo como el enemigo a batir -pero que tristemente acabaría por ser imbatible- durante aquella triste final de la Eurocopa de 1984 en la que Arconada encajó dos goles. Desastre nacional, tiempo antes de que Italia se erigiera en la verdadera bestia negra para La Roja entre tandas de penaltis injustos y demás narices rotas de Luis Enriques (pero ésa es otra historia).

La segunda referencia, la literaria, me la topaba en la Biblioteca Pública de Oviedo cada día. Era una serie de álbumes de cómic que compartía estantes con los mucho más buscados tintines y con la estupenda serie de Blake & Mortimer. Esta otra serie no me hacía tanta gracia, pero procuré tragarme la colección entera también, lector voraz e incipiente como era en aquellos días. Aquellos álbumes narraban las desventuras de una tribu de irredentos galos -¿qué cosa sería un galo? ¿qué significaría ser irredento?- ante los continuos ataques de las guarniciones romanas -otra vez Italia. Entonces, y durante bastante tiempo, se me escapaban las referencias que Uderzo y Goscinny –¿quiénes serían estos tipos?– hacían al carácter francés y a su característico joie de vivre. Tampoco entendía quiénes eran todas esas tribus -de lugares llamados Lutecia o Córcega- y por qué todas parecían merecer su propio álbum correspondiente de Asterix y Obelix.

En resumidas cuentas, ni el fútbol ni los cómics me habían dado pistas suficientes para llegar a la conclusión de un país llamado Francia, en el que, por cierto, se hablaba –y se habla, vaya que sí– otro idioma. Porque, por supuesto, yo leía los cómics de Asterix y Obelix en las ediciones en castellano de la editorial Molino –esto lo he buscado en la Wikipedia– y seguía las retransmisiones de aquellos duelos futbolísticos en La Primera, atento a los comentarios de Matías Prats senior –he leído, también en la Wikipedia, que Prats padre se jubiló en 1985, así que pudo y debió ser él quien narrase el fatídico encuentro–, dando por buena su pronunciación de 'Michel Platiní'.

Así que cuando, ya fuera por vía de vídeo musical, avance o anuncio de coches –todos ellos al servicio de la promoción de Panorama para matar–, vi por fin la luz, no podía esperar con más ganas a que la película en cuestión estuviera disponible en alquiler de video. Y cuando lo estuviera, estaría doblada al castellano, claro. No se me pasaba por la cabeza otro escenario. Aunque, mientras llegaba el momento, soltase alguna que otra palabreja en inglés cuando canturreaba el 'Into the fire' del estribillo del hit de Duran Duran. Porque una cosa era dar carta de existencia a Francia como país, y otra muy diferente saber qué demonios pudiera ser el idioma francés. Aún faltaba un año justo para que la canción "Voyage, voyage", de Desireless –¡qué nombre! ¿era un grupo? ¿una artista?– arrasase (también) en España, dando entrada al idioma francés en el mainstream radiofónico que consumía nuestra generación.

Continuará...

Publicado la semana 29. 28/07/2017
Etiquetas
Duran Duran , En Francia
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