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Cuando me plantearon unirme al grupo de los 52 ya estábamos a finales de enero. Empecé tarde e insegura. Acabo feliz.

Escribir durante estas 52 semanas seguidas me ha permitido retomar la afición perdida. Justo lo que se plantearon como objetivo quienes pusieron en marcha esta aventura.

Me encantó escucharlo en Londres de boca de uno de ellos. Gracias por aquel café no planeado, en una tarde de igual forma, inesperadamente calurosa, por mostrarme esos patios tan curiosos, callejones con terrazas y, por compartir la historia de cómo se gestó este precioso proyecto.

He logrado por tanto, retomar esta afición de la escritura. Afición que imagino, que muchos de los que hemos compartido este año, habíamos ido dejando de lado bien por falta de tiempo, por priorizar otras facetas de nuestra vida o por simple pereza.

En mi caso concreto: la maternidad, un divorcio, la búsqueda constante de empleo y los cambios de trabajo a los que este nuevo modelo económico nos obliga, hicieron que la escritura quedara en el último plano de mi vida: un plano al que nunca llegaba.

Además de haber recuperado una afición, escribir durante 52 semanas me ha obligado a pensar mucho, a observar, a tomar notas y me atrevo a pensar que a conocerme mejor.

José María Guelbelzu me explicó una vez que todo escritor, por mucho que trate de evitarlo o de negarlo, tiende a recurrir a sus propias vivencias. No es nada malo. Muy al contrario: contaba él que era lo mejor que podía ocurrirte si querías lograr ser un buen escritor. Una buena escritora en mi caso, dijo.

Y lo cierto es que, al tener que recurrir a tu propia vida, a lo que has experimentado, tienes que repensar muchas cosas. Cosas cotidianas como una entrevista de trabajo y cosas más profundas, como qué estoy haciendo con mi vida, merece la pena tanta dedicación a la maternidad (tema ahora tan de moda).

Posiblemente ya haya vivido más años de los que vaya a vivir.

De esto también he sido consciente escribiendo estos meses. Y lo cierto es que, este pensamiento que podría resultar nihilista, a mí personalmente me ha hecho sentir muy positiva. Escribir y hacerte consciente de este hecho me ha obligado a hacer un pequeño repaso, balance incluso, de mi vida y, contrariamente a lo que yo misma esperaba, mirándolo desde otra perspectiva, con el detenimiento al que me ha obligado el ejercicio de pararme cada semana y escribir: me siento feliz y orgullosa de los pasos que he ido dando.

Por supuesto con los errores que una misma tiene que reconocer, pero que he podido ver, e incluso deleitarme en ellos. Parar, esa gran palabra que este nuevo paradigma, sistema o cómo queramos llamarlo, hace que sea una tarea difícil. Parar y pensar en estas horas que he pasado delante del ordenador han supuesto un lujo.

Horas para mí. Para mí sola. Horas que no quiero compartir porque, me han servido para cambiar incluso mi humor: ha habido días en los que he salido llorando del trabajo y ni los besos de los niños, ni los de mi pareja conseguían que dejase de sentirme “la más desgraciada sobre la faz de la tierra”, ya que una tiende a la tragedia. Este no ha sido un descubrimiento de los52golpes, esto ya lo sabía yo desde los 13 años al menos.

Y sin embargo, pese a mi tendencia a deleitarme en mis pequeños traspiés diarios, cuando todos se acostaban, me sentaba a escribir y el mero hecho de intentar ponerle un toque de humor a una historia inventada o basada en mi realidad, lograba que mi estado de ánimo cambiase drásticamente.

Esbozar una sonrisa antes de irte a la cama es algo fundamental y lo he aprendido ahora. Nunca es tarde. Y muchos días he sonreído gracias a escribir un rato antes de acostarme. De esta forma, escribir y pensar en modo pausa, ha conseguido hacerme sentir así de feliz y orgullosa de mi misma, de mi vida, de mi pequeño espacio de tiempo delante del ordenador, para mí sola, solamente para mí.

 
Publicado la semana 52. 31/12/2017
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