Semana
48
Nuria López Blázquez

¡Menos mal que llevaba el Jeep!

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Sábado por la mañana, cumpleaños infantil a 25 kilómetros de casa. Plan: piscina cubierta de 11 de la mañana a 13, comida en un precioso restaurante justo enfrente de la piscina y 3.000 metros cuadrados de campus universitario de una universidad pija de las afueras de Madrid, con todo tipo de lujos, instalaciones deportivas: equitación, pádel, tenis, golf, además de la piscina con sauna para que los niños puedan correr en absoluta libertad hasta las 18 de la tarde que oscurece, por aquello de que estamos ya próximos al solsticio. Eso sí, la biblioteca también preciosa, en unas cabañas ideales vacía, arrasada por lo que parecían los efectos de una bomba nuclear.

Es decir: la ilusión de cualquier madre con tres hijos: madruga, viste al más pequeño a toda prisa, achucha a los mayores para que se peinen y se vistan, con el sueño que hace el sábado cuando ya tienes 11 años, y que desayunen: no tengo hambre mamá…

-Ya lo sé, yo tampoco, pero en la piscina luego te vas a mover mucho y necesitas comer algo.

Como mi naturaleza es así de absurda y creo en que un coche enorme debe ocuparse al máximo por aquello del calentamiento global y el cambio climático, me he comprometo además a recoger a otra madre que vive cerca y llevarla con su hijo al cumpleaños. Esto hace que el estrés aumente para no llegar tarde a recogerles y en hora, al momento piscina.

Menos mal que esa madre es muy amiga y me escribe diciéndome que ella, con un solo hijo no ha logrado aún vestirle porque lleva el ritmo caribeño en la sangre. Cosas de la genética en este mundo de mezcla racial en el que no existen ya las fronteras a la hora de elegir progenitor, que no padre en este caso concreto. Pero esa es otra historia.

Así que respiro, mis hijos también y conseguimos encaminarnos al coche con media hora de retraso sobre el horario previsto pero felices por bañarse, sobre todo el más pequeño que sabe que hay un pequeño trampolín. Como ha salido estilo arriesgado y sé positivamente, que hará "puenting", "rafting", y todos los “ing” que estén de moda cuando esté en la edad, lo del trampolín lleva siendo su sueño toda la semana.

25 kilómetros después de que mi GPS en la última actualización de esas automáticas haya perdido la capacidad de orientarme en ciudad y en carretera, llegamos calmados, cantando canciones de esas que cantan a esa edad los niños que incluyen todo tipo de palabrotas para delicia de mi hijo pequeño. Personalmente éste me hace reír y no me asusta que mis hijos digan palabrotas delante de mí.

Pero eso sí, llegamos con cuatro niños, uno de ellos sentado en el maletero que para eso mi ex compró el coche de siete plazas que pueden hacer del coche un autobús o disfrutar del maletero más grande que yo, particularmente he visto en mi vida.

Damos una vuelta por los 3.000 metros cuadrados disfrutando del magnífico paisaje lleno de árboles en otoño, porque este año el cambio climático ha logrado que el otoño sea en diciembre y las luces navideñas se mezclen con el dorado de las hojas de los álamos. Un lugar precioso donde cualquier madre que disfruta aun aprendiendo y formándose a los 40, desearía haber estudiado o estudiar de nuevo ahora y, no en esa facultad cutre pública llena de gente fumando canutos, sin luz natural y ventanas naranjas.

Fue un leve pensamiento fugaz. La pública es lo mejor, tod@s los sabemos y allí estudian l@s hij@s de l@s pij@s que no han logrado aprobar en su vida y por fin, después de repetir las veces necesarias y aprobar a la tercera oportunidad, los aprueban en el colegio, también privado por supuesto, para que vayan a esa maravillosa universidad privada igualmente. En esas preciosas universidades en la que, no se les renueva el contrato o l@s profesores si no aprueban al hijo de fulanito que tiene la mejor constructora de la zona, antes de que le incluyan como investigado (antiguo imputado en cualquier “operación Lezo, Brezo o Acebo).

Que sea el hijo o hija de fulanita no importa, porque en ese entorno las familias son tradicionales, como dios manda y la mujer va de compras a Loewe, Versace o Prada durante toda la semana, salvo el fin de semana.

Y ese fue el problema: que era fin de semana y fulanita no estaba de compras. Estaba disfrutando de las magníficas instalaciones deportivas de la universidad, con su hija pequeña, el hijo mayor que estaba, no en la biblioteca, sino jugando al pádel con papá.

Nosotras dos, la madre del hijo mestizo y yo paradas mirando dónde aparcar: a la derecha las pistas de tenis, a la izquierda las plazas de aparcamiento, cuya entrada me he pasado cinco metros. Paradas repito.

Pongo el intermitente, meto la marcha atrás y sin moverme aún me giro para mirar porque me da miedo dar marcha atrás llevando cuatro niños, uno de ellos en el maletero.

Y de repente un golpe fuerte hace que mi coche se desplace unos metros más.

-¿Estáis bien? Sigo girada y veo la cara de susto del niño en el maletero.

-Síiiii todos bien.

Me bajo, me acerco al coche enorme de atrás que nos ha golpeado y que no sé de dónde demonios ha salido. Y fulanita tiene la puerta abierta y respira como lo hacía Madame Bovary en mi mente cuando leía sola en mi habitación a Flaubert a los dieciséis años. La mano en la frente, mostrando la palma, alejándola de su rostro para indicarme que no hable que está en shock y necesita las sales. La mano que vuelve a posarse con suavidad sobre su frente, los ojos entornados, respiración entrecortada.

-¿Estás bien?- pregunto. Es evidente que está bien. Mi coche completamente abollado en el maletero, vuelvo a ver cómo están mis hijos y cómo sacarlos porque el maletero no abre, evidentemente después de semejante abolladura…con las bolsas de piscina, las de recambio, el balón y el niño no puede salir y está empezando a agobiarse.

Mi amiga que ha ido a ver a la fulanita, me mira y como me conoce me dice:

-Respira, no la insultes. Yo me llevo a todos los niños a la piscina a que se vayan cambiando y tú haces los papeles. Pero NO la insultes.

- ¿Ni siquiera puedo ofrecerla un orfidal? - Empieza a surgir la ira en mí, al mirar y verla seguir haciendo gestos absurdos en pleno siglo XXI

-No. Ni siquiera.

Respiro, viendo alejarse a mi amiga con los cuatro niños mientras mi hijo pequeño dice: “se ha destrozado el coche de mamá porque nos han atropellado”. Vuelvo a respirar y me acerco a fulanita, tratando de calmarme.

- ¿Estás mejor? - Pregunto- ¿Tu hija está bien?

-Es que ibas como una loca marcha atrás y llevo una niña en el coche que está asustadísima llorando.

Que yo iba marcha atrás dice la que empieza a ser la puta fulanita. Respira, respira, me repito a mí misma.

-Yo llevaba cuatro niños en el coche, uno de ellos en el maletero que ha quedado destrozado y estaba parada, girada, mirando, con el intermitente puesto indicando la maniobra y la marcha atrás metida. Has tenido que ver las luces blancas y el intermitente.

- ¡Pero ibas dando marcha atrás sin mirar! - Me grita

-De acuerdo. Tranquila que para eso está el seguro a todo riesgo de mi coche. Asumo lo que haya que asumir. Saca los papeles y acabemos con esto lo antes posible.

Asumo una culpa que no es mía, pero las neuronas en Prada y Loewe deben lobotomizarse.

- ¿Dónde están los papeles en mi coche? - Me mira desesperada.

Respira, respira….

-No lo sé…suelen estar en la guantera ¿sabes dónde está la guantera? - Esto ya va con un poco de mala leche, lo reconozco. -Yo voy a por los míos que sí sé dónde están.

Pero antes de poder girarme y encaminarme a por mis papeles para asumir la culpa de una fulanita inepta, me mira por fin a los ojos, ya con las manos en el regazo y me dice esbozando lo que parece una media sonrisa:

-¡Menos mal que cogí el JEEP y no el Mini Clubman! ¿verdad? Si no hubiéramos abollado el coche.

El jeep. Frontal sin un rasguño.

Mini con un nombre muy de fulanita “Clubman”

Ni una pregunta sobre cómo están mis niños….
Publicado la semana 48. 30/12/2017
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