Semana
51
Johan Cladheart

Quincuagesimoprimer golpe — La consulta del doctor Bianco

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La noche se fue con niebla y amaneció gris. Sentí una urgencia punzante. Decidí llamar al doctor, a pesar de que era el día de Navidad. Necesitaba terapia y estaba dispuesto a pagar lo que fuera necesario. En ese momento me daba igual si estaba con su familia o esquiando en Baqueira.

—¿Doctor Bianco?

—¿Johan? ¡Feliz Navidad!

—Sí. De eso quería hablarle.

Fueron un par de frases más. Por suerte accedió. Ahora me doy cuenta de que fui egoísta. La necesidad me cegaba. En cualquier caso, me dirigí allí. Pensé que el paseo apaciguaría mis ánimos, pero fue justo al contrario. Llegué revolucionado a la consulta. Respiré hondo y entré.

—Agradezco que me reciba en un día como éste, doctor.

—Siempre tengo tiempo si usted lo tiene.

—Se lo compensaré.

—Espero compensárselo yo a usted. Bien, pues cuénteme. ¿Qué le trae por aquí un día como éste?

—¿Sin ambages?

—En eso consiste esta terapia. Usted saca el mal que lleva dentro y yo lo anoto todo. Después discutiremos el tratamiento, pero por lo pronto, seguro que se sentirá mejor cuando acabe.

Volví a respirar hondo.

—Le advierto que hoy habrá bastantes puntos que tratar.

—Tiene usted hasta la hora de la comida.

Me dispuse a enumerar todas las actitudes que no soporto de estas fechas, que supuestamente traen paz y armonía a los corazones de las gentes. Por alguna razón a mí me traen justo lo contrario.

—No soporto esto, doctor. Me puede. Sé que esta fecha debería ser un motivo de alegría. Y créame que me alegro de no trabajar, eso sí lo valoro. No estar sentado allí como un estúpido me llena de alegría, pero he de sentarme en otras sillas a hacer estupideces también. Se lo dije en otra ocasión. Creo que las tradiciones son el poso de la estupidez.

—También son el pegamento que nos une.

—Bien, si usted lo dice. No soporto que disfracen a los niños de putos papás noeles, como si fueran juguetes.

—Piense que muchos niños querrán hacerlo. Tal vez su hija se lo pida alguna vez.

—No me caliente, doctor.

—Se lo ruego, adelante. Prego.

—No soporto las putas fotos que manda la gente. ¿Quién quiere ver esas fotos de sus familias engalanadas, brindando con alcohol y comiendo como cerdos cebados sin fondo, deseando feliz Navidad? ¿A mí qué narices me importa?

—No tiene por qué verlas.

—¡¿Qué no?! No las descargo, se lo juro que no, pero las intuyo, y luego están los comentarios y los chistes malos, como ése en el que un grupo de Ford Fiestas desean felices fiestas.

—Nadie lo obliga a reírse.

—No, claro que no. ¡Por Dios! No me extraña que La Vida de Brian les parezca un peliculón si se ríen con esas mierdas.

—Creo que sus problemas son más triviales de lo que cree.

—Bueno, bueno. Con eso puedo tragar. No miro el móvil ni mando nada, aunque sé que muchos esperan que disfrace a mi hija y mande una fotografía deseando felices Pascuas. ¿Pero qué cojones es la Navidad? No hace más que recordarme el estorbo que son las religiones. Si de verdad creyeran en algo esos papas, confesarían que todo es un camelo y podríamos vivir en paz.

—La fe es algo muy personal. ¿No cree en nada usted, Johan?

—Ya se lo dije otro día, doctor Bianco. Si ellos creen en Dios, yo creo en Sherlock Holmes. Está en un libro también.

—La religión y la fe son mucho más que una historia, amico.

—Una historia falseada, desde luego. Ni si quiera se sabe si ese tal Jesucristo nació o no. ¡Se celebraba el solsticio de invierno! No sé cómo carajo se lo apropiaron los cristianos.

—Puede usted probar a relajarse y disfrutar, sin darle vueltas a todo. Se lo digo en serio, piense en que son vacaciones.

—Lo hago. Hasta que alguien abre la boca.

—¿Qué quiere decir?

—Que duro lo que duran en ponerse a cantar villancicos. O en poner el mensaje del Rey. Otro que tal baila. No hacen más que adorar a falsos dioses. O la gala de Navidad, que la dejan de fondo aunque nadie la mire. He tenido pesadillas con Raphael, doctor.

—Pero puede usted disfrutar de su familia a pesar de todo eso.

—Sí, claro. En el fondo sí. Hay un nuevo niño en camino. Eso me hizo muy feliz. Él se lo merece todo. Y la mía estuvo muy bien.

—¿Ve? No todo es tan grave.

—Bueno, hasta que nos ponemos a comer.

—¡Ah! ¿Qué tal el tema del carnismo?

—Pues de eso le iba a hablar. Me subí de tono. Mi mujer me lo advirtió. Y ahora me siento culpable. Pero quise parar la espiral cuanto antes. A la cuarta broma del segoviano excomulgado y del comeflores, me harté. Les dije que habían marcado un nuevo récord y que habían tardado poco en tocar los cojones, de malos modos.

—¿La cosa fue a más?

—Bueno, lo cierto es que se calmaron. Es igual, no tenía que haber reaccionado así, doctor. Pero lo temo. Al final me paso todas las reuniones respondiendo preguntas absurdas, soportando chistes imbéciles, ignorancia y dando explicaciones de lo que he decidido comer o no comer. ¡Joder! Ni que fuera tan difícil. ¿Me meto en yo en sus dietas de mierda? Que si la proteína, que si las vitaminas, que si pescado sí, que si la ensalada...

—Es tu decisión. Piense que usted estaba en el otro bando no hace tanto.

—Lo sé. Es duro abrir los ojos. Quiero pensar que yo no era tan gilipollas, pero quién sabe. Seguramente sí. En cualquier caso, lo dije a modo de broma. Ya sabe usted cuál es mi sentido del humor.

—Y que la gente no lo suele entender.

—Yo se lo advierto. Si estoy enfadado, no hablo. Si hablo, aunque parezca enfadado, estoy de broma. No funciona. Si no se entiende, es culpa mía, eso está claro también. De todos modos, en lo tocante a mí, puedo tragar. Me da igual. Doy explicaciones pacientemente y les invito a que pregunten más si veo que de verdad quieren saber más. Pero con lo de mi hija no puedo.

—¿Y qué es lo de su hija?

—Lo de «pero la niña comerá de todo, ¿no?». Como diciendo, «oye, tú puedes ser un puto imbécil, pero a la niña la respetas». Sí, claro, cómo no. Toma esta servilleta; anótame aquí lo quieres que coma MI hija y se lo doy. ¿No te jode? Todo el mundo opina de la educación de los hijos ajenos. Ahí se ve lo que de verdad piensan. Están obcecados con la publicidad de las hamburgueserías. No ven más allá de sus narices.

—Bien, empieza usted a soltarse.

—¡Y sacan diez millones de platos, doctor! De los que no pude comer nada, claro. Pero eso da igual. Qué abuso, qué sinrazón. ¿No se trata de compartir y ser solidario? Una polla. Se trata de comer gambones y ponerse hasta el culo de vino. De eso va la cosa. Y lo disfrazan de hospitalidad. No puedo con eso.

—El ser humano es egoísta. Yo, por mi profesión, lo sé bien.

—Ya. Y tanto. ¿Y con los niños? Aparece Papá Noel en medio de la cena para que se pongan a jugar y no molesten. Y antes de la cena, la tele, los móviles y los juegos para que no aparezcan. ¡Como si fueran cacharros! Bueno, ¿ve? Ahora estoy educando yo a los hijos de los demás. No soy ejemplo de nada. Eso es lo que me jode. Debería estar en mi atalaya, sentado en una silla de mimbre con un bastón, como si la guerra del mundo no fuera conmigo. Y estoy abajo, peleando siempre contra los dioses en el bando perdedor. Es extenuante.

—Tal vez debería cambiar usted la espada por el bastón.

—¡Me arde la sangre! Bueno, siento haberlo molestado hoy. Tendrá que ir usted con su familia. He sido egoísta otra vez. Créame que lo siento, pero no me sentía con fuerzas para otra comida familiar sin haber vomitado todo esto antes.

—Para eso estamos.

—Doctor, gracias otra vez. Ya ni sé las veces que me ha salvado el culo.

—Este año ya son alguna más de cincuenta y una —sonrió levemente.

—Lo sé.

Me extendió la mano.

—Ha sido un placer, señor Johan.

—El placer, ya lo sabe, ha sido mío, don Foglio. Hasta la próxima semana.

 

Publicado la semana 51. 25/12/2017
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