Semana
50
Johan Cladheart

Quincuagésimo golpe — El robo de un cumpleaños

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Sucede que es ésta, y no otra, la semana de mi cumpleaños. Y digo «mi» porque sigo envejeciendo irremediablemente, pero hace tiempo que me fue arrebatado. Recuerdo vagamente algún cumpleaños feliz de niño. Coches de juguete, peluches, la casa abarrotada; la tarta de rigor, fuera cual fuere, ganchitos, bocadillos de Nocilla y vaya usted a saber cuánta más destrunición. Recuerdo soplar velas. Más por fotos que por memoria. Jugar con mis primos en mi minúsculo cuarto a vaya usted a saber qué. Me acuerdo especialmente de la vez que mi prima mayor le quitó la nariz a mi perro de peluche en un truco de magia al que estuve años dándole vueltas en silencio.

Pero no recuerdo mucho más. No sé hasta qué edad. Pronto me di cuenta de que mi cumpleaños no era como los de los niños de verano o los que llevaban chucherías a clase. En verano había millones de invitados y tarta de galleta. Y globos de agua y bicicletas. Menudos cabrones con suerte. ¿Y el resto? ¿Los que cumplían años en horario escolar? Llevaban sus chucherías a la clase y quedaban como reyes. Yo las llevaba también, pero daba igual. El colegio se acababa esa misma semana y era Navidad. Todo el mundo estaba ya atiborrado de mazapán. Y además, ¡iba a cumplir años Jesucristo! ¡Pero si simulaban su nacimiento con figuritas y todo! ¿Qué narices iba a importar mi belén particular de hospital y camilla, sin estrellas y sin vírgenes?

Por suerte, de pequeño aún conservaba algo de protagonismo y el gordo de Papá Noel aún no se había mudado a España.

Poco después, mi cumpleaños paso de no ser importante a ser robado sistemáticamente.

Primero por los hospitales. Nadie quería celebrar el cumpleaños allí. Ni si quiera yo. El olor a hospital y las paredes blancas no incitaban a las tartas. Los regalos, fueran cuales fueran, eran tristes. Paquetes de colores en medio de una nada blanca enferma. Me daban ganas de llorar.

Después, ya sí, noté como el gordo de Papá Noel se aliaba con el tal Cristo para robarme protagonismo. ¡El puto gordo traía regalos a todo el mundo, aunque no cumplieran años!

En la adolescencia la cosa no mejoró, hacía mucho frío para beber en la calle. Yo les decía que el alcohol tiene esa virtud, que puede calentar o enfriar a voluntad dependiendo de la estación, siendo la misma bebida y a la misma temperatura. No colaba. Además, había que quedar para la cena de Navidad, que era obviamente mucho más importante que mi anualidad.

Pronto me eché una novia que, cosas de la vida, nació el mismo día que yo. Nos pareció que estábamos predestinados o algo así. Resultó que no. Al principio era gracioso, míralos que monos, cumplen a la vez, pero había que juntar grupos de amigos y pensar en común. La mitad de mi cumpleaños seguía siendo usurpada.

La universidad acababa antes que el colegio, así que ni siquiera podía llevar chuches a clase. Entiéndanse las chuches como latas de cerveza, claro. Nadie estaba por allí a esas alturas.

Después rompí con la novia del cumpleaños gemelo, y recuperé parcialmente mi potestad, aunque sólo parcialmente, porque seguía en el grupo de amigos. De todos modos todo el mundo estaba demasiado ocupado con sus cenas de empresa y sus familias para hacernos hueco a nosotros.

Con el tiempo deje de celebrarlo. Lo intenté un par de años sin éxito o con rotundo fracaso y decidí rendirme: mi cumpleaños no existía, sólo pasaba. Yo era más viejo, recibía mensajes de gente y mi madre me regalaba pijamas. Y punto pelota.

Después me borré de Facebook. Ya no siquiera llegaban mensajes. También me cansé de los pijamas.

Ya de mayor, mi mujer tuvo a bien recuperar mi cumpleaños. Recuerdo que en nuestro primer año juntos, y casi sin tiempo para preparar nada, me sorprendió con velas, dos botellines de Mahou y una yincana de regalos. ¡En sólo unas semanas me había devuelto mi cumpleaños! ¡Y aún se pregunta por qué le pedí matrimonio!

Funcionó un par de años. Al tercero, mi abuela estaba en el hospital y le arruiné la fiesta sorpresa que me había preparado. No quise recibir a nadie. Me topé de nuevo con el primer ladrón de cumpleaños, ese monstruo forrado de blanco de varios pisos. Me volvió a vencer.

Eso y tener que organizar todo atendiendo a las estúpidas necesidades de los demás hizo que se perdiera la tradición.

Y hoy día, un amigo de ella, que los cumple la misma semana, me vuelve a robar el cumpleaños. ¿Cómo voy yo a competir con un chalé en la sierra con chimenea, barbacoa, horno, parrilla y licor casero? ¿Acaso soy un superhombre? ¿Con un piso de 60 metros? Así que pasé de ser homenajeado a homenajeador. Me veo abocado de nuevo a ser un actor secundario como si mis años no me envejecieran, como si las canas fueran típex y las ojeras, resacas.

En fin, que feliz cumpleaños, eres un muchacho excelente, le he dicho al espejo esta mañana. He soplado el flash del móvil y lo he apagado para pedir un deseo. Y me he ido a trabajar, sin decir nada, no sea que alguien más se entere y me lo roben más.

Publicado la semana 50. 13/12/2017
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