Johan Cladheart
Llevo unos días dándole vueltas a cómo enfocar esto. Sé, por experiencia propia, que es un reto más difícil de lo que parece. Soy incapaz de generar un nuevo artículo para mi blog semanalmente y el año pasado me enfrasqué en un proyecto con un espíritu similar, llamado «De Enero A Diciembre», que no pudimos completar a tiempo. Así que me dije: «Bueno, puedo escribir poemas cortos, eso siempre me sale». Pero no es cierto. Y no hay versos con peor sabor que los versos forzados. Las musas no van a centros de trabajo a ver cómo borras tus estúpidas frases. Cambié, pues, de táctica: «Puedo poner pequeños pensamientos, líneas sueltas, inconexas». Pero supuse que la mayoría carecerían de valor. Y entonces me vine arriba: «Pues cincuenta y dos relatos, como sea, me lo juro, con dos cojones». Pero, por cobardía o sensatez —o una mezcla de ambas—, también deseché la idea. Entonces recordé la frase del maestro José Etxailarena: «La escritura puede estar desprovista de todo menos de uno mismo». Y atisbé la solución: escribir un diario. O algo parecido, porque, celoso de mi intimidad como soy, ciento cuatro ojos y los que vengan me parecen muchos confesores a los que contar mis pecados. Además, temo que mi vida resulte poco interesante. Así que he decidido contar mis andanzas por este año que estrenamos, adulteradas con ficción, deseos e ideas. Un diario de un mundo paralelo, si quieren, porque no hay nada más real que la imaginación. A ustedes les tocará juzgar cuál es la verdad —si es que la hay— oculta en cada relato. Éste es mi propósito y mi carta de presentación también. Quiero agradecer la emoción de las tarjetas clandestinas y la oportunidad de letras libres que me brindan. Estoy encantado de leerlos —y por ende, de conocerlos—. ¡Que fluya la tinta de este conciliábulo! Gracias por dejarme ser parte de esto y bienvenidos a mi mundo.
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