Semana
49
Ana Centellas

El balcón

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Adornaba su pequeño balcón como solo saben hacerlo las personas que lo han perdido todo en la vida. A ella ya no le quedaba nada, solo sus plantas y su viejo minino, que tenía tantos años que con gran seguridad la dejaría más sola todavía. Había enviudado hacía muchos años, más de diez, pero ya había perdido hasta la cuenta. Eso sí, vestía desde aquel instante un luto riguroso que ningún evento social, léase bodas, bautizos o comuniones de los muchachos del barrio, había conseguido romper. Dos hijos se habían engendrado en su vientre un día fértil y que ahora ya no era más que tierra yerma. El primero de ellos, Jesús, había fallecido pocas horas después del parto que la comadrona le había practicado en su propia casa. Recibió sepultura y jamás se volvió a pronunciar su nombre en aquella casa, pero su sonrisa se volvió un poquito menos amplia. El segundo, de nombre Salvador, había llegado a sus vidas en menos de un año y su nombre fue para la familia como el presagio de que había llegado para salvarles de la pena constante en la que vivían. Nació un niño sano, robusto e inteligente que más de una vez se metió en grandes líos debido a su extrema picardía. La desgracia llegó a su vida una vez más en forma de accidente de tráfico, que sesgó la vida de su hijo Salvador tan solo un par de años después de que su marido la dejara. Había dado sepultura a las tres únicas personas que había querido en su vida. Desde entonces, todo giraba en torno a su luto más crudo aún si cabe, su pequeño gato y las flores de su balcón. Por eso dedicaba todos sus esfuerzos en mantener con vida las preciosas flores con las que revestía su pequeño balcón, en un intento de demostrar que en ella todavía quedaba vida, que había un resquicio de esperanza, de alegría. Cuidaba de su gato con el mayor esmero del mundo, sabía que pronto la dejaría sola también, y quería que sus últimos meses de vida fueran lo más agradables posible para él. Pero sus flores lucían con un gran resplandor bajo los rayos de sol que llegaban de forma directa, sin intermediarios, a su balconcito. Y las plantas florecían en cualquier época del año, haciendo de aquella pequeña terraza la más bonita de toda la ciudad. Todo el que pasaba por aquella callejuela se quedaba prendado de la belleza inigualable de aquel balcón. Un par de meses fue lo que duró la vida del pequeño minino. Al verse sola en la vida, su corazón decidió partir junto a sus seres queridos tan solo un par de días después. Todo el barrio acudió a su funeral. Jamás había estado tan acompañada, pero ahora ya era tarde para saberlo. Ya descansaba junto a su querido marido y a sus dos hijos en la misma estrella que volcaría su luz sobre el balcón cada noche. Las flores, olvidadas ya de una mano cariñosa que las cuidase, siguieron su camino ellas mismas. Su balcón continuó siendo el más bello y florido de toda la ciudad. Una brillante estrella las mimaba desde el cielo.
Publicado la semana 49. 09/12/2017
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